EL CONEJO Y LA TORTUGA

Una lección de esopo

Por: Julio César Vargas B.

Según la fábula de Esopo, representada en la versión de Disney “Silly Simphonie” que casi todas las noches mi hijo mayor Alejandro, de tres años, me solicita ver en el portal de youtube [1], la liebre apuesta una carrera con la tortuga, uno de los animales más lentos y sabios según la tradición oriental. La competencia es desproporcionada, y la tortuga tiene muy pocas probabilidades de ganar, pues debe medirse ante la liebre, de quien se dice que llega a alcanzar velocidades hasta de 50 km/h, sin tener en cuenta que no siempre corre en línea recta, sino en zig-zag, para confundir a quien la persigue. La exageración artística a veces amplia tanto un tema, que su desproporción permite hacerlo más visible y, de este modo invita al espectador a que haga diversas interpretaciones de la obra. En nuestro caso intentaremos explicitar algunas lecciones de esta fábula.

fábula de disney

El curso de la historia en la versión de Disney es el siguiente: una vez que el árbitro, con un pitazo, da la señal de partida, la liebre emprende velozmente la carrera, de manera que de inmediato deja a la tortuga a la zaga y avanza tanto en su recorrido, que se toma tiempo para descansar y dormir. La tortuga inicia la carrera a su ritmo y avanza lentamente, de modo que en algún momento alcanza y rebasa a la liebre que retoza. Al despertar la liebre se percata de que debe continuar su recorrido y vuelve a adelantar a la tortuga. Pero, más adelante, encuentra en su camino a tres bellas conejitas, y decide detenerse a conversar con ellas. Entre tanto, sigue la tortuga su marcha y pasa por delante de la liebre y las conejas, quienes la invitan a quedarse, pero ésta responde que tiene un compromiso que cumplir y diciendo esto tropieza con el tronco de un árbol; de manera que todos se mofan de su torpeza.

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Entre tanto, la liebre decide enseñarles a las conejitas sus habilidades en la velocidad: les muestra actos inverosímiles como lanzar una flecha al blanco, correr y llegar primero que ella a la meta, y tener tiempo suficiente para bajar una manzana y ponérsela en la cabeza, de manera que la flecha la parte en dos y da en el blanco. Asimismo, les demuestra otras dos peripecias que casi desbordan la fantasía, una de ellas es que la liebre juega sola un partido de tenis: lanza la pelota, luego atraviesa rápidamente la cancha para responder el servicio, y alcanza a devolverse para seguir en el juego. Una vez, que esto ha sucedido, por los gritos y algarabía del público  – la sociedad de animales – la liebre se da cuenta de que la tortuga está llegando a la meta y acto seguido, se despide y emprende la carrera para alcanzarla. La tortuga cae en cuenta de que su contendora la persigue y aprieta el paso. El final de la carrera genera expectativa, pero en el último instante la tortuga logra cruzar la meta, ganando por “por una cabeza” y recibe la merecida ovación.

La fábula da lugar a diversas interpretaciones: una de ellas tiene que ver con la disciplina de la tortuga, que avanza lentamente, pero de un modo seguro hacia su meta, pues tiene claro lo que busca. La liebre, es una animal tan ágil y veloz, con tanta confianza en sí misma, que desprecia lo que puede lograr la lenta tortuga; por eso, se da el lujo de dormir y demostrarle a las conejitas qué tan veloz puede llegar a ser. Esta primera interpretación nos dice que en este asunto no cuenta tanto cuál es más veloz, sino quién tiene los objetivos claros y en qué medida hace uso de todas sus habilidades para lograrlo. En parte, este es el sentido del famoso dicho italiano “quien va piano, va lontano”, aquél que va lento alcanza grandes metas.

En esta primera aproximación encontramos dos lecciones, la primera que no se debe desestimar nunca a un adversario, por débil que éste parezca, y la segunda que siempre en las actividades que realizamos resulta importante concentrar todas las fuerzas y habilidades en la consecución del objetivo buscado, sin importar que las probabilidades estén en contra.

Otro aspecto a tener en cuenta, es la actitud que podemos asumir en relación con el tiempo: la liebre sabe todo lo que puede lograr con sus capacidades, pero no tiene suficiente principio de realidad. En cambio, la tortuga tiene claro que está compitiendo  con la liebre y que no se puede dar la licencia de parar a descansar o distraerse. Como se comentó anteriormente, esta concentración compensa su lentitud.

Cabe aclarar, que con el elogio de la disciplina de la tortuga, no estamos resaltando una actitud digamos “neurótica” y obstinada, que no reserve tiempo para el descanso. Por el contrario, el tiempo de descanso, de las vacaciones es para ello, pues es necesaria una cierta desconexión del trabajo, para gozar de otras actividades, de la diversión, sosiego y de la quietud que permitan renovar energías para seguir adelante con el trabajo y con el cumplimiento de los deberes en general. La trama de la fábula también da pie a contrastar dos actitudes con relación al tiempo: la primera corresponde a una limitada capacidad de juicio, que no permite diferenciar claramente entre lo importante y lo secundario, que puede dar espera e incluso llegar a ser impertinente. En contraposición, la segunda actitud posee ese sentido de responsabilidad con el manejo del tiempo: la persona se encuentra ubicada, pues sabe cuál o cuáles son sus funciones o tareas importantes, y tiene claro que a ellas debe asignarles un tiempo específico. A diferencia de lo prioritario, las otras actividades, por atractivas y divertidas que sean, deben postergarse para un momento en que sea oportuno realizarlas, ya que ellas deben ceder espacio a lo importante. Esto lo expresa muy bien el refrán alemán, dicho especialmente en el ámbito de los espectáculos públicos, que dice: “Erst das Pflichtprogramm, dann das Kürprogramm” y podría traducirse así: “Primero la programación regular a la que nos hemos comprometido, y luego la programación libre y adicional.”

En el segundo caso, el tiempo se vive como kairos, tiempo oportuno para la transformación y para la realización de la acción. Quien tiene conciencia de este tiempo, ha logrado clarificar su vocación personal, y sabe consagrarse a ella; esto no sucede  necesariamente a través de un acto voluntario o de una determinación aislada. Esta claridad se logra más bien mediante un proceso y gracias a las convicciones que se van sedimentando en la historia personal, y de decisiones que se han tomado, muchas veces, como producto de una deliberación y como respuesta a una situación de crisis.


Quien no tiene conciencia del “kairos” cae fácilmente en la dispersión, y cede ante cualquier asunto que despierte su interés, pues no tiene suficiente conciencia del paso del tiempo, e incluso puede creer que puede realizar dos actividades importantes al mismo tiempo: en el caso de la liebre, dormir, divertirse con las conejas y a la vez competir con la tortuga. En algunas ocasiones, quien vive en esta actitud puede tener la impresión de que sería una mala persona, o carecería de cortesía, si rechaza las constantes invitaciones y ofertas que le hacen. Esto se debe a que no tiene suficiente claridad sobre el hecho de que aceptarlas significa, perder de vista los objetivos que se había trazado para esa jornada. Aquí entra en juego la capacidad de juicio, que permite establecer prioridades, esto es, saber cuándo una situación nueva amerita hacer un paréntesis o pausa en el trabajo y dirigir a ella la atención y cuando no.

Quien sabe apreciar el kairos sabe que tan solo podemos realizar una actividad importante a la vez, y por eso, en primer lugar, no busca apuntar al mismo tiempo a dos objetivos, y en segundo lugar, sabe que sus recursos de tiempo son limitados, y que por eso debe aprovecharlos, pues si deja pasar una oportunidad, ella jamás se repetirá.

Por el contrario, quien vive dispersa y disipadamente, asume su existencia como si dispusiera de un tiempo infinito e indiferenciado. El tiempo continuo, tiene un carácter aparentemente monótono y, por eso, quien se centra exclusivamente en él, busca divertirse o ir resolviendo los problemas diarios que se van presentando con el único fin de mantener la existencia, sin tener presente una visión más global, es decir, metas que orienten la existencia y unifiquen las acciones. Sin embargo, es posible tener una percepción diferente del tiempo: el tiempo también puede ser vivido como una posibilidad para la renovación o transformación personal y, en ciertas ocasiones y en cuanto se está libremente vinculado a una comunidad, del mundo en torno.

Sin embargo, es de tener presente que quien vive teniendo claro el tiempo oportuno, no tiene garantía alguna del éxito; pues éste depende de muchas variables que no se pueden controlar suficientemente. Antes bien, quien está consagrado a su trabajo, sabe que el infortunio puede intervenir de súbito y no podrá cumplir sus objetivos. La tortuga pudo haberse encontrado con una liebre madura, que efectivamente la hubiera vencido en la apuesta. En este caso, lo importante para la tortuga sería haber competido con entereza y dignidad, respetando al contrincante.

Concluyo con un poema Kaikú, que alaba la sabiduría de la tortuga:
La tortuga
“Aunque jamás se muda
a tumbos, como carro de mudanzas,
va por la senda la tortuga
(Un día…)”[2]

La tortuga no se transforma abruptamente, a tumbos, al modo de un camión de mudanzas. En efecto, la tortuga sigue su camino, tiene sus metas propias y no se está dejando cargar  permanentemente de contenidos que no le son propios, para trastearlos hasta donde se lo soliciten. La tortuga está provista de un horizonte y de sus propias metas y esto, junto con sus pulsiones y deseos, le facilita la perseverancia, lenta y segura, hacia lo que quiere. Sin la certeza de si alcanzará o no sus metas, la sabiduría de la tortuga nos recuerda que cada quien se transforma al recorrer su camino, avanzando, con los medios que le dio la naturaleza y con conciencia del tiempo oportuno, a su propio ritmo.

Cali, julio 6 de 2010


[1] Cfr. www.youtube.com/watch?v=571CxU6hiY4&feature=related
[2] Cfr. Tablada, J.J., citado por Malatesta, Julián (2008): La imagen poética. La asonada americana. Universidad de los Andes, Mérida, p. 124

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